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Tengo en mi piel. Poema de José Romero Martín.

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                                                                                   (Imagen del autor)   Tengo en mi piel el color del barro, tatuado lo tengo con sudor marcado. Es mi sangre caliente de corazón cansado, la que se mezcla con agua y tierra en mis manos. Sol, luna, estrellas y cielo testigos mudos en mi tiempo, donde se amasaba con tiento, todo aquello que forma le daban mis manos inquietas de alfarero, en un torno con final incierto. Tengo en mi piel(c)José Romero Martín

Réquiem. Poema de Clara Blázquez Jiménez.

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                                                                                  (Imagen de la autora)            Porque llamé pan            a lo que pan era            he visto mi lengua            arder en la hoguera.             Y por llamar vino,            a lo que vino era,            he visto mi lengua            arder entre pinos.             Meceré mis soledades...

Ausencia. Poema de Tomás Casado.

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Volviste a mí como un esbozo cuando ignoraba dónde hallarte los recuerdos son retazos de un paraíso entre dos mares que bañaban el interior del universo creado alrededor de los despojos revivo el momento en el que juntos desovillamos en el cielo la madeja y tejimos un lazo entre dos mundos sacudidos por las tempestades fuimos islote a la deriva de los vientos que arrastraron la pasión hacia la orilla y barcaza en el naufragio de los sueños que surcaron el olvido en tierra firme regresé al tiempo de inventarte                           y ya no estabas. Ausencia(c)Tomás Casado

Poema de Pilar Alcalá.

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(Imagen de la autora)   Todo empezó una tarde con palomas. Carlos Sahagún   Quizá debería guardar en el altillo esa tarde que nunca tuve y hoy se ha convertido en recuerdos descarnados de palomas dudosas que ahora dominan los cielos sobre mi cabeza endulzada por el miedo y la luz.   Hay momentos en que la memoria ya no duele, alzan el vuelo los recuerdos casi con rabia, como palomas asustadas, sin pasado, y con toda su blancura. Como un disparo de llovizna en el tejado de la tarde.   A lo mejor no eran palomas las de aquella tarde, sino incertidumbres y miedos de trapo que ya han perdido todos sus derechos sobre mí.     (Del libro Callada está la tard e, editorial Anantes, 2022).  

Teléfonos. Poema de Tomás Sánchez Rubio.

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                                                                                            (Imagen del autor) Según me confesó una mañana con voz tranquila, simulando una imposible indiferencia, un descuido tristemente contradicho por el hilo amargo de la distancia, mi padre pensaba en la muerte cada vez que despertaba de la siesta. Se quedaba sentado en el borde de la cama, como al intermitente filo de una vida entera, y lo veía todo claro y definido. Me imaginaba entonces a mi madre haciendo como que cosía en su sillita baja. Miraría de hito en hito por la ventana abierta con ojos opacos de negro rímel, para que su marido no se diera más cuenta de la precisa de que la luz se iba apagando ya en esos ojos que un día conquistaron todo un mundo para él solo. ...

Navegaciones. Poema de Carmen Castejón Cabeceira.

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                                                                                          (Imagen de la autora) Frente al mar enmudezco al filo del horizonte. Nacen las palabras espumosas, en cada movimiento una sacudida del lenguaje, de lo que queda y se revierte. Mientras, respiro océano. No volveré a ser la misma, tras estas navegaciones. Fluyo y refluyo. La salinidad ya se ha hecho remanente. Mi mundo continúa agrandándose. No solo tu me prendes, pero no tengo miedo.   Navegaciones(c)CarmenCastejón

Huerta del cielo. Poema de José Sarria.

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                                                                                             (Imagen del autor)   “Mi mano está escribiendo el color del recuerdo” (MARILUZ ESCRIBANO)   Mis recuerdos son de un patio arabesco adornado  por macetas de bermejos geranios y una huerta que generosa nos regalaba la sombra hospitalaria de los limoneros, a pesar del tiempo y el abandono. El canto de los pájaros, que reposaban en las copas de los escasos árboles que se mantenían en pie, acompañaba a los rayos de sol atravesando sus ramas. Tan solo su gorjeo desafiaba la soledad y el silencio de ese santuario, y su sonoro trino transformaba la decadencia de la finca en puerta del paraíso.   Allí, cada tarde los ángeles descendían por la e...